
El punto es bastante sencillo: [en ocasiones] el pecado de otros no nos exime de culpa
La guerra en Irak, en Afganistán y recientemente en Gaza han puesto en evidencia cómo se han ido agotando lentamente los llamados “dividendos de la paz”, expresión con la cual se declaraba el inicio de la era post-bipolar y la superación definitiva de las tensiones de la Guerra fría. El panorama internacional, que el analista tiene ante sí, presenta ahora una mayor complejidad. El conflicto parece ser, antes que nada, su eviterno símbolo silencioso. Si los paradigmas teóricos de entonces eran insuficientes para explicar la conflictualidad durante la Guerra fría y su principio del Dog fight – las potencias bipolares mayores concedían el derecho a la beligerancia, según una determinada area de influencia, a dos “perros inquietos”, las potencias o actores estatales menores-, ahora es el universalismo de la retórica humanitaria a tomar el lugar de esa insuficiencia.
En efecto, las afirmaciones o juicios retóricos del observador distraido se hacen ahora más evidentes que antes: la mera retórica ético-filosófica sobre la guerra (que no es lo mismo de una ética y filosofía de la guerra o de la paz), se atreve a pronunciarse – desde la mísera tranquilidad intelectual de la urbe – (siempre) en contra o siempre demasiado a favor acerca de una dimensión que le es completamente extraña por naturaleza. Tal es la retórica humanitaria, pacifista (a izquierda) o, peor, meramente polemógena, “patriota” (a derecha), que acompaña el debate actual sobre los conceptos de guerra, de guerra justa/injusta. Una retórica que se presenta, ante la fenomenología del conflicto, siempre demasiado personal, siempre demasiado civil, siempre demasiado práctica y (estratégicamente) victimista o inquisidora, según la coyuntura o la oportunidad política (se cfr. más adelante el problema del civil-combatiente).
Se trata, pues, de una retórica ético-filosófica urbana sobre la guerra hecha de libres “ocasiones”, pero completamente insuficiente si un evento conflictual contigente la pone frente a un ocasión concreta e in-mediata que le exija ir más allá de sí misma y su retórica humanitaria. Ante tal insuficiencia para poder pensar la guerra, el observador-filósofo no puede sino alargar elásticamente (cfr. Sartori) los conceptos y las relaciones conflictuales, interpersonales, a punta de buenos paralelismos y analogías, de buenas metáforas a efecto y buenos filósofos-maestros sobre todo. Ante el inevitable drama de la guerra, ellos hablarán siempre por él, según la ocasión intelectual. Un ocasionalismo (político-) filosófico que necesita buscar siempre un fundamento retórico cualquiera en el pasado, para embellecer el presente de una supuesta ética, siempre valida, sin embargo, para pasado mañana, para la buena ocasión. Con tales méritos, la filosofía “práctica” que pretende pensar la Guerra y sus efectos, pretende para sí, finalmente, el universalismo. Nosotros se lo concedemos inmediatamente. Después de todo, toda buena semántica cultural o práctico-filosófica que sea, es siempre útil a nivel de programas político-militares post-conflicto, reproducción del consenso, soporte y pilotaje de políticas de reconciliación y gestión directa e indirecta de la memoria colectiva. Si algo práctico podemos rescatar, entonces, de toda esa miserable retórica humanitaria de izquierda y derecha, siempre ocasionalista o polemógena frente al drama de la guerra, podemos decir más bien que, entre el analista y el observador-filósofo distraido, se trata sencillamente de un problema de división de funciones, roles y semánticas entre quien crea la ocasión y promueve programas políticos-militares de DDHH y quienes subordinadamente los deben únicamente divulgar y consolidar ocasionalmente a nivel post-conflicto.
Todo aumento concreto de la calidad democrática, depende, entonces, de un buen análisis realista. Comprender la fenomenología del conflicto debidamente es, por lo tanto, un requisito inevitable. En el presente artículo intentaremos bosquejar el problema del concepto de guerra justa desde el punto de vista del realismo político y las Relaciones internacionales (IR). Luego propondremos al lector una posible respuesta.
Interés, honor, temor: introducción al problema
Cualquier analista atento puede constatar que el proceso de globalización ha puesto en acto mecanismos de convergencia en las estructuras político-jurídicas y socioeconómicas de diversos países. Al lado de la entidad política por excelencia, el Estado, han ido surgiendo nuevos actores con capacidad de coerción e influencia: organismos supranacionales y transnacionales han ido generando una mayor dificultad en la gestión del orden internacional. Un término común en el debate y la literatura especializada, que refleja bien este nuevo cuadro, es el de Global governance. Al interior de la racionalidad de esta lógica de interdependencia, la más antigua de las formas de interacción conflictual, la guerra, parece conservar – a pesar de todo esfuerzo teórico, moral, filosófico, etc., – su propia inestabilidad estructural. Ahí donde ella surge, recorre su propia lógica históricamente caracterizada por el interés, el honor y el temor. No es difícil entrever estas características en las diferentes guerras no-convencionales, en los micronacionalismos y conflictos interétnicos.
Aquello que aparece con mayor evidencia para los analistas de las relaciones internacionales, es el fín de la época de la disuasión, de la ausencia de conflictualidad. En el actual panorama internacional, el límite entre la guerra y el conflicto – donde el primer término ha sido siempre considerado la expresión armada del segundo – no es más distinguible analíticamente. A la tendencia a la militarización de la diplomacia (cfr. public diplomacy) ha seguido abiertamente una clara politización de la estrategia militar (cfr. Democracy promotion & protection).
Por consiguiente, nuevas teorías emergen puesto que la relación entre los conceptos de guerra y política exige una mayor rigurosidad de análisis¹. Al respecto, la escuela neorealista norteamericana ha hecho de esta exigencia el núcleo central de una reflexión significativa.
Para un analista neorealista como Kenneth Waltz, el sistema internacional, desde el inicio de la era nuclear, ha permanecido en un estado de anarquía generalizada. Hay que entender aquí que es necesario un cambio del sistema internacional para modificar radicalmente una perspectiva epistemológica y no simplemente, como afirman los analistas liberales de la pax democratica, los meros cambios (políticos) internos al sistema². El desarrollo tecnológico de los armamentos militares puede generar nuevas perspectivas geoestratégicas y nuevas alianzas entre los Estados. Sin embargo, el desarrollo de estas tecnologías genera cambios que se repercuten únicamente a nivel infrasistémico y no a nivel estructural. En otras palabras, el orden internacional se rige aún por el principio anárquico del self-help (auto-defensa).
Al interior del debate científico en el ámbito de la relaciones internacionales, la obra del pensamiento realista clásico – que va, idealmente, de Machiavelli a Hobbes – ha ocupado siempre un lugar de excelencia. Algunos principios axiomáticos de su corpus doctrinal – centralidad del Estado y de lo político, desorden internacional y lógica del interés – pueden ser, ciertamente, en varios aspectos modificados, pero difícilmente pueden decirse superados u obsoletos. La especificidad antropológica de lo político y su relativa autonomía, por un lado, y la inestabilidad estructural de la guerra, por el otro, son dos núcleos teóricos que aún no desvelan la propia regularidad científica.
Protego ergo obligo: la miseria de la retórica humanitaria ante la perspectiva de la escuela realista
El núcleo teórico de la escuela realista puede ejemplificarse gráficamente como un eje horizontal en el cual la organización de los grupos humanos posee, como requisito principal para la convivencia pacífica, la delimitación de la hostilidad, de la violencia anómica indiferenciada entre los miembros de una comunidad política. La posibilidad de la “guerra civil” teorizada por Hobbes se supera a través de la institución de un orden – qué tipo de orden o régimen sea este, es ya otra pregunta – y de un poder sobreordenado, cuya tarea primaria es el gobierno del conflicto como “pacificación interna” del espacio social. La ética posible al interior de tal espacio social se refleja en las formas de autoridad que el grupo se da (política, religiosa) y los tipos de legitimidad y legalidad que se estructuran a partir de tales formas, según el principio protego ergo obligo. Sólo un Estado que puede defender a los miembros de su comunidad política (como seguridad interna, o paz externa) puede pretender obediencia y viceversa. Tal relación de obediencia-protección se da siempre al interior de un determinado espacio territorial. Fuera de esta relación espacial concreta y la regulación de la conflictualidad interna (seguridad pública), todo conflicto externo a la comunidad política es siempre posible. En este cuadro conceptual, guerra, paz y neutralidad son criterios distinguibles.
Fuera de la relación normativa específica de obediencia-protección en un determinado territorio, el actual sistema internacional no distingue más entre guerra, paz y neutralidad. Tal involución normativa se debe en parte al desarrollo a-simétrico de la tecnología militar entre pocas potencias globales y regionales. En efecto, si observamos, por ejemplo, la actual relativización del enemigo público a través del moderno principio de tipo penal-criminalístico en la relación entre los Estados (el enemigo público es considerado un agresor o un criminal de guerra) podemos notar que la falta de una concreta juridición frente a tal relativización a nivel internacional lleva, como consecuencia, a una ambigua y no rigurosa distinción normativa entre tiempo de guerra y tiempo de paz, o peor, entre combatiente regular y civil (se vea, por ejemplo, el problema de los “escudos humanos” y los “daños colaterales”). El mismo cuadro se repite en el caso de programas militares locales o regionales específicos, de tipo humanitario (peace enforcement).
Frente a tal panorama, la filosofía y la ética, por ejemplo, no se diferencian de tal involución de perspectiva. En efecto, ambas pretenden también apriorísticamente que el significado intrínsecamente político-militar del concepto de paz, como base de cualquier legalidad estatal, venga entendido de manera contingente y lógicamente negativo, es decir, como todo aquello que no es guerra y viceversa. La filosofía intenta así analizar las modernas intervenciones militares de tipo humanitario – las denominadas estrategias de peace enforcement – sin preguntarse que, sin un principio de juridición posible (ya sea a través de fuerzas de ocupación, de un protectorado o un gobierno civil-militar de transición), no es posible institucionalizar socialmente ningún tipo de orden civil. Fuera de estas consideraciones básicas, cualquier crítica (filosófica) se reduce, por lo tanto, a menos de una retórica humanitaria ocasional. No se trata aquí de una crítica para caer en su mero opuesto, es decir, en esos juegos retóricos según la dicotomía humanitario/anti-humanitario, por lo tanto inhumano, “bárbaro” y demás miserias pseudo-filosóficas. Dejémosnos de estos manierismos de café. Se reflexione con atención la diferencia entre los términos polemología y polemógeno. Si se tienen en cuenta estas precisaciones, se podrá entender que, sólo a través de un programa político-militar, a través de una política humanitaria (i.e. Democracy Promotion), las estrategias de peace enforcement adquieren un auténtico sentido civil (i.e. Democracy Protection). Cualquier ética-filosófíca meramente discursiva de los DDHH que no considere estos criterios político-militares elementares, se demuestra únicamente huérfana de cualquier auténtico sentido práctico, más allá de un mero municipalismo de valores, que pretenden ser “universales”. Sería suficiente un mínimo de intuición polemológica, “radical-democrática”, para devolverle un sentido práctico a estos esfuerzos intelectuales. Sólamente a través de una perspectiva polemológica es posible explicar, por ejemplo, los proyectos político-militares regionales relacionados con procesos de consolidamiento democrático post-conflicto en Latinoamérica (por ejemplo la función político-estratégica de NGOs, el rol político de comisiones reconciliatorias, etc.). El análisis polemológico se ocupa también de explicar proyectos post-estatales: se piense, por ejemplo, en el proceso europeo de integración (UE) y el rol determinante de las políticas de seguridad, o los proceso de redefinición del rol de la OTAN y de la ONU.
Al eje horizontal mencionado se añade, entonces, la perspectiva y la fenomenología de lo político que el realismo observa a nivel internacional esta vez. Desde la misma perspectiva, el realismo político constata que ninguna ética y/o política humanitaria es posible en el seno de un Estado que no esté dispuesto a defender tal ética con la fuerza de ser necesario, siempre según los vínculos regulativos/estratégicos (OTAN, ONU por ejemplo) de la comunidad internacional a la cual pertenece. Fuera de tal disposición, cualquier ética humanitaria se reduce a simple retórica, retórica urbana. En el eje vertical del núcleo teórico, los pensadores realistas colocan, por lo tanto, la dimensión del Estado. La perspectiva centrada en la figura suprema del Estado, típica del realismo político clásico, ve la esfera estatal como la dimensión intrínsecamente política de los grupos humanos organizados en un determinado territorio. El universo político se convierte, así, en una pluralidad de Estados soberanos pacificados, al interior de los cuales la contraposición schmittiana amicus-hostis viene relativizada y “neutralizada” a través del derecho positivo y la concurrencia económica. Es justamente aquí donde a la pacificación interna corresponde una “externalización del conflicto” y los Estados soberanos se ven obligados a regular los propios actos de fuerza donde poder evitar la forma última de la “enemistad”: la guerra.
Actores legítimos de la beligerancia y actores irregulares: el ocasionalismo político del guerrillero como víctima civil y/o combatiente
La ciencia y la fenomenología del conflicto – más allá de la doctrina, técnica, estrategia (ciencia militar) y ámbito normativo (derecho) – ha debido ocuparse de eventos que han introducido significativos mutamentos de perspectiva a varios niveles: es el caso del fenómeno de la guerrilla y el guerrillero (Cfr. Schmitt, teoría del Guerrillero). Desde sus primeras manifestaciones en españa, durante la presencia napoléonica, se ha podido observar cómo se da – a través de las primeras formas extra-militares o no convencionales de conflicto – una primera concepción discriminatoria del rol del enemigo según una lectura instrumental, ambigua, ideológica. Se trata de la estrategia del civil-combatiente que sabe pasar de un frente al otro según la conveniencia de la coyuntura: el combatiente irregular sabe ser civil cuando un retórica humanitaria político-jurídicamente eficaz lo hace pasar ex-post como víctima civil de crímenes de guerra y violaciones de DDHH. En otras ocasiones, el guerrillero sabe convertirse rápidamente en combatiente regular para poder protegerse con los mismos instrumentos legales de los acuerdos internacionales referidos exclusivamente al combatiente regular y la beligerancia interestatal. El guerrillero sabe ser, pues, víctima civil y combatiente regular a medida de las circunstancias. Un ocasionalismo político que va del victimismo a la estrategia militar. No se trata de un mero victimismo moral o psicológico, muy al contrario: sobre la utilidad, fuerza y eficacia política del rol de la víctima y su retórica victimista como instrumento de negociación e influencia in-directa ya se ocupó a suficiencia la victimología.
Se trata entonces, en otras palabras, de una “sensibilidad realista”, la del guerrillero, que sólo quien opera a nivel político-estratégico conoce bien. Tal ambigüedad del civil-combatiente se ha convertido finalmente en “una funesta presuposición que han suscrito un sinnúmero de autores y operarios ‘realistas’ que han rechazado durante décadas los preceptos vinculados a los Derechos humanos y a los acuerdos internacionales en torno a las leyes de la guerra en los casos en los que unos u otros tendrían que haber sido aplicados respectivamente“. En efecto, frente a tal peligrosa ambigüedad del combatiente irregular que no respeta los acuerdos internacionales en torno a las leyes de la guerra, la ciencia militar ha debido responder con las estrategias no-convencionales o asimétricas, las denominadas “guerras a baja intensidad”. Se vea el caso de los grupos paramilitares stay-behind (cfr. la red europea Gladio de la OTAN). El ocasionalismo político del guerrillero civil-combatiente es un format táctico que ha sabido trasladarse también al ámbito cultural y a la “ayuda” social: es el caso del ocasionalismo político de algunas NGOs por ejemplo, que operan políticamente, pero no asumen los riesgos de un actor político convencional. La ambigüedad, la ocasión, se convierten, pues, en un recurso recíprocamente estratégico para las partes en conflicto, no sólo en tiempos de guerra. ¿Cómo distinguir, entonces, al combatiente irregular del civil? tres criterios distinguen la figura tradicional de guerrillero según Carl Schmitt: la irregularidad, la creciente movilidad en la lucha activa y el valor de la militancia política. El guerrillero es un combatiente irregular que actúa al margen del conflicto interestatal. El sentido de su irregularidad está justamente en el hecho de que no pretende modificar la dinámica de un determinado conflicto, “oscila” tácticamente estre el civil y el militar, caracterizándose, además, por colocarse al interior de un territorio específico.
Otra cosa es la figura del denomiando combatiente revolucionario. Aquí ya entramos en las modernas formas de terrorismo global. La figura, por ejemplo, del combatiente revolucionario se coloca, en cambio, más allá del Estado, en el sentido de fundar su accionar no convencional a partir de una imagen no-territorial de las finalidades del conflicto (se compare con la nuevas formas de terrorismo internacional-global), introduciendo así un nuevo criterio de guerra civil a nivel mundial y un nuevo concepto de enemigo en términos absolutos. Es sumamente interesante notar la correspondencia entre el enemigo absoluto, indefinido, deterritorializado del guerrillero y una complementaria retórica universalista del intelectual pro-DDHH, siempre absoluta, indefinida, universalista precisamente, sin ningún referente político concreto, más allá de un organo mediador, la ONU. Según Schmitt, el enemigo absoluto, el “criminal” absoluto, aparece en el momento en que irrumpen formas de guerra no-convencionales, las mismas que a su vez relativizan cualquier posibilidad de distinción especifica entre guerra y paz. En estos términos, la relación de conflicto abandona rápidamente cualquier posibilidad normativa de delimitación de la violencia y pasa a una indeterminada y peligrosa dimensión ideológica. Un ejemplo histórico que puede esclarecer esta involución normativa es el uso ambiguo de la categorías de Klassenfeind (enemigo de clase) para el conflicto armado interno, o el enemigo “imperialista”, utilizado por el comunismo internacionalista.
Si se observa con atención, el uso estratégico de estas categorías no son muy diferentes, desde el punto de vista político-comunicativo o ideológico-instrumental, a la retórica de los rogue states o, más aún, a la actual retórica universalista de los DDHH. Con el calificativo rogue state vienen considerados en USA, en general, los Estados no-democráticos o “fuera de la ley” (outlaw states). En todos estos casos podemos observar que estamos siempre ante referentes polemógenos completamente abstractos: 1) el enemigo “de clase” indeterminado, 2) el eje “del mal” (Irán, Corea del norte, etc. según los programas militares y las aleanzas geopolíticas), 3) el criminal internacional (siempre no-humano) según criterios penales (no internacionales, ojo) a juridicción indeterminada. Tales ejemplos podemos constatar en la progresiva involución normativa del status de enemigo público. Con la disolución del bipolarismo, la discriminación del enemigo se limita ahora al mantenimiento del consenso de la opinión pública para operaciones militares según los criterios de la humanitarian War (cfr. la denominada CNN-Politics).
Concepto de guerra justa: entre nihilismo y neo-jusnaturalismo
¿Cómo nos puede ayudar el realismo político clásico para poder comprender mejor este cuadro? veamos. La reglamentación de la beligerancia entre los Estados exigía, según la doctrina clásica, la clara distinción del adversario del criminal común, así como la clara identificación de los no-combatientes (los civiles) de las partes neutrales. Esta doctrina presuponía la posibilidad de cesación de toda hostilidad según un tratado de paz. La condición jurídica del rol del enemigo público (hostis) permitía el desarrollo de las hostilidades entre “enemigos recíprocamente justos” (inter hostes aequaliter justi). Es posible notar ya, en esta doctrina clásica, cómo la misma definición del enemigo era intrínsecamente la limitación de la guerra misma. Paralelamente, el principio histórico de “guerra continentalmente circunscrita”, reconsiderado durante el congreso de Viena, se convirtió en praxis militar válida hasta la primera guerra mundial. La particularidad de este derecho de guerra clásico fue la exclusión de la doctrina tomista del bellum justum (guerra justa): Cada Estado era el posesor del jus ad bellum ac pacis (derecho de declarar la guerra o de optar por la neutralidad) y del jus in bello (referido a las modalidades de conducta durante la hostilidad). Tales eran los criterios bien demarcados entre guerra, paz y neutralidad. Todas estas categorías elaboradas durante el siglo XV, fundamentos del derecho de gentes (jus publicum europaeum) del siglo XVII, serán consideradas obsoletas luego de la Primera Guerra Mundial.
Las consecuencias directas de la crisis del jus publicum europaeum se pueden observar en dos aspectos que caracterizan esencialmente el cuadro actual: En primer lugar, la formación de entidades subestatales o paraestatales – grupos económicos transnacionales organizados, ONGs aparentemente a-políticas, élites partidarias y grupos de presión -, que, a través de una organización del aparato estatal de tipo poliárquico, electivo y selectivo, logran garantizar el ordenamiento estatal interno, descubriéndose, a su vez, en manifiesta contradicción cuando deben ocuparse de la legitimación de la propia beligerancia externa. En segundo lugar, podemos constatar a nivel global el carácter de condicionamiento de la política mundial de parte de potencias que demuestran seguir un modelo jurídico limitado a la gestión de la beligerancia a través de un principio, según Schmitt, de tipo penal-criminalístico (basta ver la parábola pedagógica y político-justicialista que va de Núremberg a Irak). Para Carl Schmitt, este principio retoma nuevamente la mencionada doctrina medieval del bellum justum, pero según una perspectiva ideológica secularizada e instrumental, oscilante entre el nihilismo y el neo-jusnaturalismo.
Veamos específicamente el porqué de esta diferencia. La especificidad introducida por el ordenamiento espacial durante el medioevo cristiano residió en una clara relación entre los principios de ordenamiento y localización. El territorio, como unidad jurídica en su totalidad, era distribuido entre los diferentes principados, coronas, señorías, etc. Además, este ordenamiento estaba en relación directa con dos instituciones concretas como el papado y el imperio. El ordenamiento externo o no cristiano (en particular, los territorios bajo dominio islámico) venía considerado, según los casos, como tierras sujetas a evangelización, a anexión o a conquista. La legitimidad de la guerra se basaba en la evaluación teológico-moral del principio de la justa causa belli. Esta doctrina jurídica, más conocida como la doctrina tomista del bellum justum (guerra justa), puede ser sintetizada en el siguiente recuadro.

La existencia del derecho de guerra era fundada según las características del ordenamiento pre-estatal típico de este periodo histórico. Por ejemplo, las guerras entre príncipes cristianos, las conquistas de territorios ocupados y el acuartelamiento militar de grupos migratorios tenían lugar a partir de la subdivisión del territorio considerado pacificado. Este espacio territorial donde se instituía la paz permitía, al mismo tiempo, la clara demarcación del inicio del espacio anárquico extra-territorial. El ordenamiento externo comprendía específicamente, entonces, los territorios de los pueblos considerados enemigos o extraños a la respublica christiana. Al respecto, es necesario subrayar que el doble criterio fundacional de la doctrina de la “guerra justa” (ius ad bellum e ius in bello) no sólo poseía su principio de legitimación moral en la doctrina tomista, sino también en los territorios donde el ordenamiento espacial había instituido políticamente una relación concreta entre el espacio anárquico (externo), el ordenamiento (interno) y la localización (territorial) .
Luego de esta sumaria descripción histórica, es posible traer preliminarmente una primera consecuencia importante sobre el uso moderno del criterio de la “guerra justa” y al debate “filosófico” que genera. En la actual literatura sobre el estudio de las relaciones internacionales, la obvia ausencia de cualquier fundamento teológico-moral en la denominada época post-moderna no es la razón principal de la relativización o del uso ideológico del principio tomista. No está tampoco aquí la miseria de su uso por parte de la actual filosofía-política o por la ética universalista. Según Schmitt, es necesario considerar la especificidad de la diferencia, en relación al cuadro medieval sumariamente descrito líneas arriba, en la relación actual entre los principios de ordenamiento y localización: entre los criterios de espacio externo, ordenamiento interno y territorio.
En efecto, Schmitt nos indica la diferencia entre las situaciones anárquicas del ordenamiento medieval y lo que él denomina como el topos del nihilismo moderno. Es precisamente desde tal topos donde surge toda mísera retórica humanitaria universalista, siempre completamente deterritorializada, pretenciosamente ubicua, neojusnaturalista y voluntariamente extraña a cualquier principio de ordenamiento y localización definidos. Veamos en detalle en qué consiste tal topos. El principio de la guerra justa tomista era justa no únicamente por el dogma o la ética que lo sostenía, sino porque correspondía, como ya señalado, a un determinado y específico ordenamiento territorial (el territorio de Roma). La anarquía medieval no es la anarquía moderna, como la la ética de la guerra justa medieval, no es, en ningún modo, la retórica universalista de lo justo/injusto actual – toda la retórica de izquierda sobre los DDHH y toda la retórica crítica de derecha contra ella – frente a los fenómenos de beligerancia. Hablar, por lo tanto, de guerra justa o injusta, en términos (post) modernos, no es lo mismo, no es tan sencillo como parece.
Esta distinción entre concepciones puede esclarecerse si observamos preliminarmente aquello que la actual escuela neorealista norteamericana llama “la moderna anarquía interestatal”. Ésta va entendida como la ausencia de un principio regulador al interior del sistema internacional. El equilibrio entre los Estados no nace de un espacio de violencia estructural como podría dejar intuir el calificativo de “anárquico”. Este equilibrio es el producto del cálculo continuo de los costos y beneficios que un Estado debe considerar, si opta por el uso de la fuerza al interior de un sistema anárquico fundado según el ambiguo principio de la auto-defensa (self-help). Tal sistema deja presuponer un modelo complementariamente anárquico y liberal del orden internacional, semejante al modelo económico del libre mercado, donde las entidades estatales deben confrontar la propia soberanía con los efectos político-militares de una concurrencia entre potencias oligopólicas. Si retomamos nuevamente la distinción schmittiana, podemos concluir entonces que la diferencia entre la anarquía medieval y el cuadro ejemplarmente expuesto por la escuela neorealista, reside efectivamente en una precisa premisa de carácter histórico.
Así, podemos afirmar que el surgimiento de la moderna anarquía interestatal se debió a la disolución y, luego, a la ambigua distinción, hecha por el derecho positivo, entre el mencionado principio de legitimidad del ius ad bellum Y del ius in bello, siempre considerados, hasta entonces, como un doble principio unitario, territorialmente determinado. Este proceso de distinción-separación se da como consecuencia de la disolución histórica del poder imperial y la limitación de la autoridad papal. En este preciso sentido, la moderna anarquía interestatal se fundó, de consecuencia, en un “replegarse” del vacío de legitimidad divina dejado por el ius ad bellum (la guerra ya no podía más justificarse por razones teológicas, divinas) en el principio del ius in bello (las nuevas formas de poder temporal debían sólo pensar en regular el derecho soberano al uso de la fuerza).
El lector atento podrá notar en este “replegamiento” secular porqué Schmitt llama al Estado moderno, hobbesiano, “un Dios mecánico” y a sus conceptos clásicos (representación, soberanía, poder), “conceptos teológicos secularizados”. A partir de aquí podemos comprender, históricamente, el surgimiento del moderno principio de la Soberanía según la institución de la doctrina de la raison d’état, en lo que respecta al orden interno, y la doctrina normativa, ya mencionada, del jus publicum europaeum como instrumento regulador del ordenamiento externo. Los efectos de este proceso secular de “replegamiento” del principio de legitimidad del uso de la fuerza en el “Dios mecánico”, adquieren, sin embargo, una nueva forma manifiestamente nihilista si llevamos nuestra reflexión, con schmitt, más allá de la crisis del jus publicum europaeum (1918, primer post-guerra). Si, en efecto, no existe un principio de regulación de la beligerancia en el actual sistema internacional (se recuerde debidamente el mencionado principio neorealista del self-help), entonces el vacuum del actual principio de legitimidad post-45 del derecho a la guerra puede sólo auto-fundarse en la nada, o, en términos schmittianos, en la decisión política (cfr. el caso de Irak y el rol irrelevante de la ONU).
Por la misma razón, cualquier ética humanitaria que no esté fundada en una política, es decir, en una decisión finalmente, según un determinado espacio territorial y un principio protego ergo obligo entre los miembros de su comunidad política, se presenta, pues, como mera y anacronística retórica humanitaria. No sólo: no sabrá nunca responder debidamente al nihilismo de (nuevas) potencias belígenas (en su mayoría regímenes autoritarios) que pretenden modificar el status quo, sin aceptar o introducir ningún mecanismo regulativo internacional o regional. Una política exterior realista, basada en una ética humanitaria auténticamente liberal, deberá ser buscada en las políticas y programas políticos-militares, globales, de Democracy Promotion, más que en las semánticas y retóricas ético-filosóficas de contexto, útiles, sin duda, a nivel post-conflicto, por lo tanto, siempre (y necesariamente) demasiado indefinidas, sencillas, glocal.
Geviert-Kreis, U. Trento, Italia; TU-Dresden, Alemania.
Referencias
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² Kenneth Waltz, Structural Realism after the Cold War, en “International Security”, Vol. 25, n.1, 2000, p. 5.
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